Fiebre … Fiebre … Fiebre …

Parece que toca un post de fiebre … ¿por qué será?

El peque ha estado con fiebre dos noches, la última de ellas relativamente alta (+39º) y nos hemos llegado a poner un poco nerviosos. Al mismo tiempo, en la escuelita tuvimos reunión con una medica antroposófica,  y el tema principal fue como no, la fiebre … Hemos sacado todos los libros de medicina de la casa y hemos vuelto a releer todo lo que ya habíamos leído sobre la fiebre … Y un amigo me llamó esta mañana para comentar que su niña llevaba varios días con fiebre … pues si queremos fiebre, vamos a ello!!

¿Qué es la fiebre? la fiebre es un aumento de la temperatura del organismo, llevado a cabo por el propio organismo en respuesta a la causa que sea (en general una infección vírica o bacteriana)  y cuya función principal es aumentar la potencia del sistema defensivo del organismo. Por ello la fiebre trabaja “a favor” de la salud de la persona y no en contra.

La temperatura del cuerpo humano está controlada por el hipotálamo, que actúa como Termostato regulador. Cuando cortamos la fiebre con un antipirético (medicina, apiretal, dalsi, …) lo que estamos haciendo es apagando el termostato de la temperatura del cuerpo, haciendo que la temperatura baje … y también estamos saboteando las defensas del organismo.

Las abuelas contaban que los niños crecían después de una fiebre,  determinadas corrientes de pensamiento dicen que durante las fiebres el niño hace su cuerpo “más suyo”, hay fiebres que directamente no se sabe por qué ocurren, y lo normal es que una fiebre desaparezca por sí misma sin intervención alguna.

En general, todos los médicos de todas las culturas han visto la fiebre como un síntoma, no como una enfermedad en sí misma. Incluso la misma medicina alopática sabe y explica que la fiebre trabaja “a favor” del organismo … ¿como se explica entonces que la mayoría de padres sigamos pensando “por defecto” que la fiebre es mala?

Informémonos : la fiebre es de ayuda. Si todo va bien, el cuerpo del niño aprovechará el aumento de temperatura para “ganar” la batalla que tenga en curso. Y una vez ganada, la fiebre desaparecerá. Fin de la historia.

Y aquí podría acabar el post. Pero como yo soy un Don Nadie, y no se nada de medicina, mejor pondremos a un Don Alguien, con títulos y esas cosas, que aunque la información sea la misma, si el mensajero viene bien vestido, pues vende más.

Copio a continuación el capítulo VII del libro del Doctor Robert S. Mendelsohn, capítulo titulado “La fiebre : Defensa corporal contra la enfermedad“. El doctor éste “practicó pediatría durante casi 30 años. Fue director Nacional del Servicio de Consultas del Project Head Start, Presidente del Comité de Licencias Médicas del Estado de Illinois y Profesor Asociado de Medicina Preventiva y Salud Comunitaria en la Escuela de Medicina de la Universidad de Illinois“. Ahí es nada. Desde luego, no era un Don Nadie, como otros y como yo, que vamos por ahí hablando sin saber.   🙂

Por cierto, el titulo del libro es “Como criar un hijo sano … a pesar de su médico” y tenéis el PDF aquí :

Como criar un hijo sano … a pesar de su médico – Capítulo VII – La fiebre : Defensa corporal contra la enfermedad

¿Se preocupa usted cuando su chico tiene fiebre y en esta instancia, se precipita la teléfono para que lo sepa enseguida el doctor? Muchos padres lo hacen, porque los profesionales médicos – doctores y enfermeras – les han hecho creer que todas las fiebres son peligrosas. También han reforzado los médicos la noción equivocada de que los grados de fiebre de un niño miden la importancia de su enfermedad. Por esa razón la fiebre es el síntoma que produce un 30% de los pacientes que ve un pediatra.

Cuando llamamos por teléfono para anuncia que el chico está enfermo, invariablemente la primera pregunta del pediatra es : ¿Tomó su temperatura? Sea que le anunciemos 38 0 40 grados, con toda probabilidad nos aconsejará darle una aspirina y llevarla al consultorio. Este rito es casi universal entre los pediatras. ¡Sospecho que algunos de ellos se desempeñan mecánicamente y ofrecerían el mismo consejo si se les dijera que la temperatura del niño fuera de 43,5 grados !

Lo que me molesta es que formulen una pregunta equivocada y den un consejo equivocado. El hecho mismo de que la fiebre sea su primera preocupación significaría que hay algo implícitamente peligroso en la fiebre. Luego cuando recetan aspirina nos llevan a pensar que es necesario y deseable tratar al chico con drogas para reducir la fiebre.

Esta charla continúa cuando lo lleva al consultorio. En la mayor parte de las prácticas, lo primero que hace la enfermera es tomarle la temperatura y consignar la cifra en su tarjeta. Eso es correcto. Una temperatura elevada ofrece una clave diagnóstica que puede tener importancia en el contexto de todo lo demás que el médico aprende en su examen subsiguiente. Pero demasiado a menudo el problema es que se le da una importancia indebida a la fiebre. Cuando finalmente el médico llega al consultorio, lo primero que hace es consultar la tarjeta y luego de asumir una expresión de benigna preocupación, dice gravemente “¡Hum, 39 grados. Bueno, debemos hacer algo para eso!”

Esto es un disparate – un disparate engañoso – porque de por sí, la presencia de fiebre no significa que el médico deba o debiera hacer algo al respecto. A menos que existan síntomas adicionales tales como intranquilidad extrema, conducta anormal, dificultad respiratoria y otras que indicarían la presencia de enfermedades graves como difteria o meningitis, su médica debería decirlo que no hay por qué preocuparse y que se lleve al chico de vuelta a casa.

No es sorprendente, considerando esta descarriada preocupación de los médicos por la fiebre, que la vasta mayoría de los padres interrogados en estudios le temen mucho y que su suma de preocupación aumenta con cada grado de temperatura registrada en el termómetro. Pocas veces se justifica tal preocupación. Se evitará usted  mucha angustia y su chico una cantidad de análisis, radiologías y medicaciones potencialmente peligrosas e innecesarias. Para eso solo debe tener en mente algunos datos básicos sobre a fiebre. Estas son verdades que todo médico debiera conocer, que muchos parecen descartar y que, en general, no le comunican a usted.

Verdad Numero 1

Una temperatura de 36.8 grados no es una temperatura normal para todos.

Esto es algo que nos han dicho desde siempre, pero simplemente no es así. El estándar de 36.8 grados para la temperatura corporal es meramente un promedio estadístico, y lo normal para la mayoría puede ser un poco más o un poco menos. Esto es especialmente valedero en el niño. Su temperatura normal medida en estudios cuidadosamente controlados, iba de un mínimo de 35.8 grados a un máximo de 37.6 grados. Muy pocos de estos niños que gozaban de buena salud registraban precisamente 36.8 grados.

También puede fluctuar significativamente la temperatura de un niño durante el espacio del día. Podemos anticipar que será de +0.3 grados mayor al anochecer que al amanecer. De manera que una lectura elevada tomada a la hora de la cena puede ser una lectura perfectamente normal que ocurre a esa hora casi cada día.

Verdad número2

La temperatura de su niño puede subir por una porción de razones que no significan enfermedad

La temperatura de un niño puede subir mientras digiere una comida pesada. Esto, en adolescentes púberes puede acrecentarse debido a la ovulación. A veces es un efecto secundario de la medicación recetada por su médico – antihistaminas y otras.

Verdad número 3

Las fiebres que deben preocuparle generalmente tienen una causa obvia

La mayor parte de las fiebres que indican una alteración grave resultan de un envenenamiento, o exposición a sustancias tóxicas en el medio ambiente, y a causas que llevan a un golpe de calor. Probablemente habrá usted visto esto último personalmente o en la televisión – un soldado sufriendo un colapso durante un desfile, o un corredor de maratón cayéndose en el camino, debido a un esfuerzo excesivo bajo el sol caliente. Temperaturas de 41,5 grados o más, resultantes de estas causas, pueden producir perjuicios corporales, como llega a suceder cuando alguien se sobrecalienta por pasar demasiado tiempo en una sauna o en jacuzzi.

Si sospecha que su niño ha tragado una sustancia venenosa, llame inmediatamente a la Asistencia Pública. Si no puede hacerlo, no espere para ver si existen reacciones adversas. Llévelo enseguida a la sala de terapia intensiva de un hospital y si es posible, tráigase el envase de veneno. Esto ayudará a determinar el antídoto apropiado. La mayor parte de las veces la sustancia tragada será relativamente inocua, pero se alegrará de haber solicitado ayuda rápidamente cuando la sustancia era peligrosa.

También es esencial un tratamiento inmediato si el chico tiene un colapso y pierde el conocimiento – aunque sea brevemente, después de una actividad extrema bajo el sol caliente o por una fuerte exposición en la sauna o en el jacuzzi. No solo llame al doctor. Llévelo enseguida a terapia intensiva. Estas influencias externas son potencialmente peligrosas porque pueden colmar las defensas corporales que usualmente impiden que las temperaturas suban a niveles peligrosos.

Los aumentos de temperatura causados por eventos de este tipo son, por supuesto, muy raros. Pueden ser identificados por su conocimiento de las circunstancias y por los síntomas asociados tales como pérdida de conciencia que no dejan dudas sobre el problema grave que afecta la niño.

Verdad número 4

Las lecturas de temperatura varían dependiendo de como se tomen.

Las temperaturas rectales en niños de mayor edad son, por lo general, +0.3 grados más que las tomadas por la boca y axilas. Sin embargo, en el bebé es usual que la temperatura rectal varíe solo ligeramente entre las temperaturas orales y axilares. En consecuencia, una lectura axilar es bien adecuada para determinar la temperatura de un niño pequeño, siendo innecesario el uso del termómetro rectal. Además, evitará producir una perforación en el recto – accidente raro pero que puede ocurrir al insertar el termómetro rectal. Menciono este riesgo sólo porque las perforaciones rectales pueden ser fatales en la mitad de los casos. Por eso aconsejo a los padres no practicarlas. ¿Ya que no hay necesidad de hacerlo, para qué correr el riesgo de perjudicar al niño?

Finalmente, no asuma que puede determinar el grado de fiebre colocando su mano sobre el pecho o frente del niño. Se ha demostrado que expertos profesionales de la salud tampoco pueden determinarlo con algún grado de seguridad, y tampoco los padres.

Verdad número 5

Al aconsejar en contra del tratamiento de la fiebre en sí, hago una excepción en casos de recién nacidos

El recién nacido puede sufrir por infecciones relacionadas con la intervención obstétrica, por condiciones prenatales o hereditarias o hechos ocurridos poco después del parto. El bebé puede desarrollar abcesos en el cuero cabelludo como resultado de inspecciones fetales antes del parto o por pulmonía aspirada por el fluido amniótico forzado a penetrar en los pulmones debido a la sobremedicación de la madre durante los dolores del parto. Puede sufrir una infección debido a una circuncisión practicada por el obstetra antes de dejar el hospital. Finalmente puede desarrollar infecciones resultantes de la legión de gérmenes que abundan en el hospital (¡una de las razones por la cual todos mis nietos nacieron en casa!) La prudencia exige que lleve a su recién nacido al médico si tiene una fiebre persistente a cualquier nivel durante los primeros meses de vida.

Verdad número 6

Si su bebé está afiebrado podrá ser por llevar excesos de ropa.

Los padres, en especial si son primerizos, a menudo se preocupan por mantener al bebé con calor. Lo envuelven con capa tras capa de ropa y frazadas, olvidando que el niño no puede sacársela si el calor se vuelve opresivo. Esto puede resultar en una temperatura elevada. Si el bebé ya tiene temperatura, quizá acompañada  por escalofríos, y usted reacciona envolviéndolo fuertemente con mantas pesadas, el resultado será un mayor aumento de temperatura. Una regla simple para seguir , y que sugiero a mis pacientes, es vestir al bebé con las mismas ropas con las cuales uno está cómodo.

Verdad número 7

La mayor parte de las fiebres son causadas por infecciones virósicas y bacterianas que las propias defensas del cuerpo superarán sin ayuda médica.

El resfrío común y la gripe son las fuentes más comunes de temperaturas corporales en niños de toda edad. Pueden generar fiebres que llegan a subir hasta +40.5 grados, pero aun en tal caso no constituyen una causa legítima de alarma. El riesgo potencial es la deshidratación, que pueda resultar de condiciones acompañantes tales como una transpiración excesiva, rápida respiración, tos, nariz chorreante, vómitos y diarrea. Puede ayudar a evitar la deshidratación asegurándose que el chico reciba suficiente fluido. Una buena regla a seguir es tratando que el paciente beba unos 200 gramos de líquido cada hora, en especial fluidos nutritivos. Sin embargo esto es mucho líquido y no importa de qué tipo sea, de manera que hágale beber jugo de fruta, agua, té o lo que esté dispuesto a tomar.

En la mayor parte de los casos podrá identificar una fiebre como producto de una infección virósica o bacteriana, porque los síntomas que acompañan son típicos de estas molestias – uns tos ligera, una nariz tapada o chorreante, ojos acuosos, etc. – No hay necesidad de llamar al doctor o de dar alguna forma de medicación si no existen otros síntomas, porque no hay nada que pueda recetar el médico o usted, que cure una infección virósica o bacteriana con tanta eficacia como podrán hacerlo  las propias defensas del cuerpo. Las medicaciones dadas para aliviar una incomodidad pueden interferir con los esfuerzos homeostáticos del cuerpo por razones que exploraré más ámpliamente en otro capítulo. Los antibióticos pueden acortar el curso de una infección bacteriana, pero los riesgos son mayores que los beneficios.

Verdad número 8

No existe una relación uniforme entre la elevación de la temperatura de un niño y la gravedad de la molestia.

Existe un concepto erróneo común considerando que la elevación de temperatura indica la gravedad de la enfermedad, pero no hay consenso entre los padres y aun entre médicos sobre qué es “elevado”. Entre mis pacientes he encontrado una notable fluctuación de creencias en esta materia y también al respecto de cual debe ser el nivel de fiebre antes de que sea “demasiado alta”. La investigación ha demostrado que más de la mitad de los padres consideran que una fiebre es “elevada” a niveles entre +37.5 grados y +39.0 grados, y casi todos consideran que es “alta” si alcanza los +39.5 grados. También presumen estos padres que la elevación de la fiebre indica el grado de enfermedad del niño.

Esto, enfáticamente, no es el caso. Conocer el nivel preciso de la fiebre de un niño no le dirá cosa alguna sobre el alcance de su enfermedad, si la fiebre es producida por una infección virósica o bacteriana. Una vez que haya determinado que la fiebre del niño es causada por una infección, es inútil afanarse a su alrededor, tomarle la fiebre cada hora o determinar su elevación. Nada ganará midiendo su elevación y si lo hace, probablemente magnificará sus temores y perturbará al niño.

Algunas enfermedades comunes y no amenazantes como la rubeola producen temperatura extremadamente elevada en algunos chicos, mientras que otras enfermedades más graves pueden no producir ninguna. A menos que la fiebre de su hijo se acompañe con síntomas adicionales, como vómitos o dificultades respiratorias, no hay motivo de preocupación aunque llegue a +40.5 grados.

Más importante que determinar si la fiebre resulta de una infección benigna como puede ser el resfrío común, o más grave como una meningitis, es el aspecto, conducta y actitud general del chico. Estos son todos los factores que puede juzgar más acertadamente y con mayor destreza que su médico, porque usted es la máxima autoridad en todo lo que atañe al aspecto y conducta de su hijo. Si se ve agitado o confundido, o despliega otra conducta anormal, puede justificarse una llamada al doctor si los síntomas persisten por uno o dos días. Pero si se ve activo y jugando  y comportándose con normalidad, no necesita usted temer que su molestia sea preocupante.

De vez en cuando, leo un artículo en una de las publicaciones pediátricas sobre la “fobia de fiebre”. Es un término utilizado por los médicos para describir el temor irracional que los padres sienten por la fiebre. Esto es típico de la actitud de “culpar a la víctima” que prevalece en mi profesión. Los médicos no comenten errores : cuando ocurren, la culpa es siempre del paciente. En lo que a mí respecta, la “fobia de fiebre” es una enfermedad de los pediatras, no de los padres y hasta el punto que los padres sean victimizados por esta fobia, la culpa es de los médicos.

Verdad número 9

Las fiebres no tratadas causadas por infecciones virósicas o bacterianas no suben inexorablemente y no excederán los +40.5 grados.

El médico puede hacerle un mal servicio a usted y a su hijo cada vez que receta fármacos para reducir la fiebre. El efecto de este consejo es para validar el temor común que sienten muchos padres de que siga subiendo la temperatura del niño a menos que se tomen medidas para reducirla. Lo que no les dicen es que la reducción artificial de la fiebre no hará nada para mejorar al paciente, o que nuestros organismos tienen un mecanismo construido, no plenamente explicado, que prevendrá que una temperatura inducida por infección alcance los +41.0 grados.

Sólo en casos de paro cardíaco, envenenamiento u otras fiebres causadas externamente, su mecanismo corporal es sobrepasado y anulado momentáneamente. Y es en estos casos que las temperaturas alcanzan los +41.0 grados o más. Los médicos  lo saben, pero en su mayor parte se comportan como si no lo supieran. Considero que están motivados por el simple deseo de hacerle creer a usted, el padre, que han hecho algo para ayudar al niño. Sumado a esto, están exhibiendo su compulsión para intervenir siempre que se les ofrezca la oportunidad y por su renuencia por admitir que existen enfermedades que no pueden tratar efectivamente.

¿Descartando las enfermedades terminales, alguna vez le dijo un médico a su paciente : Nada puedo hacer?

Verdad número 10

Las medidas para bajar la temperatura, tales como dar drogas o espongina, son peor que innecesarias; son contraproducentes.

Si su niño contrae una infección, la fiebre que la acompaña es una bendición, no una maldición. La temperatura sube debido a la liberación espontánea de pirógenos. Es un mecanismo natural de defensa que emplea nuestro organismo para luchar contra la enfermedad. La presencia de fiebre nos dice que los mecanismos reparadores del cuerpo funcionan a pleno rendimiento.

El proceso funciona así : cuando se desarrolla la infección, el organismo del niño responde produciendo glóbulos blancos llamados leucocitos. Estos destruyen las bacterias y virus y remueven del cuerpo los tejidos deteriorados y los materiales irritantes. Asimismo se intensifica la acción de los glóbulos blancos y se mueven con mayor rapidez hacia el lugar infectado. Esta parte del proceso, llamada leucotaxis, es estimulada por la liberación de los pirógenos que elevan la temperatura corporal. De allí la fiebre. Una temperatura corporal en alza indica que el proceso curativo está apurando. Eso es motivo de alegría y no de temor.

Pero esto no es todo lo que está pasando. El hierro, que muchos gérmenes precisan para prosperar, es removido de la sangre y almacenado en el hígado. Esto reduce la tasa de proliferación bacteriana. También se efectiviza la acción del interferón, una sustancia que lucha contra la enfermedad, y que el cuerpo produce naturalmente.

Para demostrar este proceso, en experimentos animales se han inducido fiebres en forma artificial. Las temperaturas elevadas reducen la tasa de mortalidad en animales infectados con enfermedades, pero si se reduce su temperatura, mueren en mayor cantidad. En realidad, las temperaturas artificialmente inducidas han sido usadas durante muchos años para tratar enfermedades en humanos que no producen fiebres en forma normal.

Si su hijo está afiebrado debido a una infección, resista la tentación de usar drogas o espongina para reducir su fiebre; deje que siga su curso. Si su corazón de padre le impulsa a hacer algo para aliviar la incomodidad de su hijo, pásele una esponja con agua tibia o dele una tableta de acetaminófeno según la dosis recomendada para su edad. No haga otra cosa a menos que persista la fiebre durante más de tres días, o que se desarrollen otros síntomas, o si su chico tiene un aspecto realmente enfermizo, o actúa como tal. En tal caso, consulte a su doctor.

Deseo enfatizar que aunque reduciendo su fiebre podrá hacer que su chico esté más cómodo, estará interfiriendo con un proceso curativo natural. Mi única razón para discutir los métodos para reducir la fiebre es por la probabilidad de que algunos padres no podrán resistir hacerlo. Si desea calmar al chico, debido a los riesgos asociados con la aspirina y el acetaminófeno, es mejor que le pase una esponja tibia. A pesar de ser usadas con frecuencia, la aspirina y el acetaminófeno están lejos de ser drogas inocuas. Probablemente la aspirina envenena a más chicos cada año que cualquier otra sustancia tóxica. Es una forma de ácido salicílico, sobre el cual también se basa un anticoagulante usado en venenos comerciales para ratas que producen muerte por hemorragia interna.

La aspirina puede fabricar una serie de efectos secundarios en niños y adultos, y el menor de éstos es la hemorragia interna. También ha sido asociado con el síndrome de Reye cuando se le da al niño en casos de gripe o varicela. Esto a menudo es una enfermedad fatal infantil que afecta al cerebro y al hígado. Y constituye una razón por la cual tantos médicos han optado por prescribir acetominófenos (Tylenol, etc). Esto en realidad, no resuelve el problema, porque está emergiendo mucha evidencia de que grandes dosis de esta droga pueden ser tóxicas para el hígado y los riñones. También vale la pena señalar que a veces los bebés nacidos de madres que toman aspirinas sobre el final de los dolores del parto o durante el parto son víctimas de hematoma cefálico,  una condición en la cual aparecen protuberancias cargadas de fluido sobre el cuero cabelludo.

Si usted no puede resistir pasar una esponja para reducir la fiebre del niño, use agua tibia y no agua fría ni alcohol. La reducción de la fiebre por este método se produce por evaporación, no por la temperatura del agua. No existe beneficio agregado al pasar una esponja al niño con agua inconfortablemente fría. No use alcohol, porque no es más eficaz que el agua tibia y las emanaciones liberadas durante la evaporación pueden ser tóxicas para un niño pequeño.

Verdad numero 11

Las fiebres producidas por infecciones virósicas o bacterianas no causarán perjuicio cerebral o daño físico permanente.

El temor de las fiebres elevadas tiene por base la difundida creencia de que pueden provocar un perjuicio físico o cerebral permanente si se permite que la fiebre sea “demasiado alta”. Si fuese cierto, justificaría cualquier nivel de pánico que pudiera afectar a los padres y porque muchos padres creen que es así, a menudo lo hacen.

Si usted abrigó ese temor, descarte todo lo que le han hecho creer sobre fiebres los médicos, sus padres, abuelos, esposa y hasta el amistoso experto médico vecino que le ofrece sus consejos mientras toman su taza de café en la mañana. ¡Hasta las abuelas suelen no tener razón! El resfrío o la gripe de su chico o cualquier otra infección no producirá una fiebre que exceda de +41.0 grados y por debajo de ese nivel la fiebre no causará daño duradero.

Como las defensas corporales del niño impedirán que las infecciones produzcan fiebres de +41.0 grados, no necesita usted vivir bajo el temor de un perjuicio mental o físico cuando comienza a subir la fiebre. Dudo que muchos pediatras, incluso los que han practicado desde hace décadas, hayan visto más de uno o dos casos de fiebres superiores a +41.0 grados en toda su carrera. Lo que sí vieron fueron resultados de causas que no eran infecciones, tales como envenenamiento o paro cardíaco. He tratado a decenas de miles de chicos y sólo he visto un caso con temperatura superior a +41.0 grados. Esto no debe sorprender, porque se estima que un 95% de las fiebres infantiles no alcanzan a los +41.0 grados.

Verdad número 12

Las fiebres elevadas no causan convulsiones. Estas resultan cuando la temperatura sube a una tasa rápida.

Muchos padres temen a las fiebres porque han presenciado un ataque convulsivo y consideran que su hijo pueda experimentarlo si se permite que la temperatura “suba demasiado”. Yo simpatizo con quienes tienen esta preocupación, porque un chico con convulsiones ofrece un espectáculo estremecedor. Si usted ha presenciado esta situación, será difícil que crea que raramente es grave. Es también relativamente poco común;  se estima que solo un 4% de los niños con fiebre elevada experimentan convulsiones relacionadas con fiebre. No existe evidencia de que los que las tienen sufran como resultado alguno efectos posteriores graves. Un estudio de 1706 niños que tuvieron convulsiones febriles fallaron en revelar una sola muerte o defecto motor. Tampoco hay evidencias de que convincentes de que  los ataques febriles en la niñez aumenten la susceptibilidad a epilepsia en la vida futura.

Sin embargo, más al punto es el hecho de que casi siempre el tratamiento para prevenir convulsiones febriles se practica demasiado tarde para servir su propósito. La medicación y la espongina son ejercicios inútiles porque, para cuando el padre es consciente de que el chico tiene fiebre, existe la probabilidad de que la convulsión resultante ya haya ocurrido. Esto es debido a que la convulsión no está relacionada con el grado de elevación febril del niño, sino con el grado de rapidez con que aumenta la temperatura a cualquier nivel alcanzado. Para cuando usted tomó conciencia de la temperatura del niño, es muy probable que se haya producido ese rápido aumento,  y a menos que se produjera la convulsión, habrá pasado el período peligroso.

La posibilidad de convulsiones febriles está básicamente limitada a niños de menos de cinco años de edad, y aun en tal caso, es difícil que se reiteren después de ese período. Cuando el niño experimenta una convulsión, muchos médicos prescribirán una terapia a largo plazo con fenobarbital u otros anticonvulsivos para prevenir la recurrencia de ataques cuando ocurre otra fiebre.

Si su médico sugiere este tratamiento para su hijo, le exhorto a cuestionarle los riesgos de una terapia anticonvulsiva a largo plazo. Asimismo, solicítele sobre los cambios de comportamiento que podrá producir en el chico. Entre los médicos no hay consenso sobre el manejo a largo plazo de estos ataques febriles. Las drogas más comúnmente usadas pueden causar lesiones al hígado, y los estudios con animales sugieren que tienen un impacto negativo en el desarrollo cerebral. Una autoridad sobre el tema ha discutido que “algunos pacientes  podrán tener mejores resultados llevando una vida normal entre ataques ocasionales que viviendo libres de ataques en un estado perpetuo de sopor y confusión inducidos por las drogas …”.

Me han entrenado a prescribir fenobarbital preventivamente para niños que tenían convulsiones febriles. En la actualidad, el estudiante de medicina sigue aprendiendo la misma estrategia. Comencé a dudar del procedimiento cuando comprobé que aun tomando fenobarbital algunos pacientes tenían repetidas convulsiones. Esto, obviamente, suscitaba un interrogante sobre si aquellos que tomaban fenobarbital y estaban libres de ataques se beneficiaban con la droga o si escaparían de otra convulsión no habiéndola tomado. Mis dudas aumentaron cuando algunas madres comenzaron a informar que esta droga sobre-estimulaba a sus niños en vez de aquietarlos, o que los aquietaba de tal manera que estos chicos normalmente activos y comunicativos, parecían, en vez, actuar como semi-zombies. Como las convulsiones son tan infrecuentes y porque no causan daños perdurables, he dejado de prescribir esta terapia.

Si su hijo sufre una convulsión febril y su pediatra prescribe una terapia anticonvulsiva a largo plazo, deberá usted determinar si desea aceptarla. Comprendo que le será difícil cuestionar los tratamientos prescritos por su pediatra y que cuando lo hará podrá usted experimentar una réplica brusca e indiferente. Si esto es lo que ocurre cada vez que cuestiona una medicación propuesta por su pediatra, de nada servirá discutir con él. Acepte la prescripción y luego solicite una nueva opinión a otro doctor antes de decidir si debe aceptarla.

En caso de que se produzca una convulsión inducida por fiebre, no ceda al pánico. Este es un consejo mucho más fácil de ofrecer que de seguir, porque el espectáculo que ofrece un hijo en medio de una convulsión puede ser muy enervante. Cálmese recordando que las convulsiones no amenazan la vida y que no resultarán en un perjuicio físico, y luego adopte algunos pasos sencillos para proteger al niño.

Primero, colóquelo sobre un costado, para que no le atragante su propia saliva. Luego trate que no se golpee la cabeza contra algún objeto duro o cortante mientras está moviéndose violentamente. Asegúrese de que no tenga una obstrucción respiratoria durante el ataque y coloque un objeto firme pero blando, como un guante de cuero plegado o una billetera (no su dedo) entre los dientes, para que no se muerda la lengua. Luego, y para la paz de su propio espíritu, llame al médico y dígale lo que ha pasado.

La mayor parte de los ataques sólo duran unos minutos. Si alguno se prolonga llame al médico y solicítele consejo. Puede usted anticipar que una vez pasado el ataque, el niño se duerma, pero aún si no lo hace, no le ofrezca nada de comer o beber hasta pasada una hora, porque de otra manera podría estar tan amodorrado como para aspirar el alimento y atragantarse.

Rápida guía de referencia del Dr. Mendelsohn para la fiebre

Las fiebres son síntomas comunes en niños y no indican una enfermedad grave a menos que esté asociada con cambios muy marcados en la apariencia o comportamiento u otros síntomas importantes tales como dificultad respiratoria o desmayos. La elevación de la fiebre no mide la gravedad de la enfermedad. Las fiebres inducidas por infecciones no alcanzarán niveles que puedan ocasionar perjuicios permanentes. En general, las fiebres no requieren atención médica, excepto las recomendaciones que siguen. Las fiebres constituyen las defensas naturales del cuerpo contra la infección y debe permitirse que sigan su curso sin medicación u otro tratamiento destinado a reducirlas.

1. Si el chico tiene menos de dos meses y su temperatura excede los +37.2 grados, llame a su doctor. La fiebre podrá ser síntoma de una infección de origen prenatal o relacionada con el parto. Las fiebres en el recién nacido son tan poco comunes que pueden justificar una visita al médico, aunque si no más fuera por simple medida de prudencia o para pacificar su espíritu, pero en general no es necesario.

2. En casos de niños de mayor edad es innecesario llamar al médico a menos que no se abata la fiebre dentro de los tres días o si la acompañan síntomas como vómitos, dificultad respiratoria, una tos persistente de varios días u otros síntomas importantes usualmente no asociados con el resfrío común. También ver al doctor si el niño evidencía continua intranquilidad, irritabilidad o inatención, etc.  y tiene un aspecto gravemente enfermo.

3. Sin importar el nivel de la fiebre, llame al médico si e niño experimenta dificultad al respirar, si vomita repetidamente o si su fiebre se acompaña de crispaciones u otros movimientos extraños, o si a usted le preocupan otros elementos en su conducta y apariencia.

4. Si el niño experimenta escalofríos junto con su fiebre. no trate de contrarrestarlos agregándole más mantas. Esto simplemente hará que la fiebre aumente con mayor rapidez. Los escalofríos no son de temer, sino una respuesta normal del cuerpo y no significa frío en todo el sentido de la palabra sino parte de un mecanismo por el cual el cuerpo se ajusta a un nivel más alto de temperatura.

5. Haga que el chico descanse, pero no se esfuerce demasiado. No hay necesidad médica alguna para confinarlo en cama y ni siquiera para mantenerlo dentro de la casa si el tiempo es bueno. El aire fresco y una actividad moderada podrán mejorar su disposición y tranquilizarlo y no lo enfermarán aun más. Pero debe descartar todo deporte intenso.

6. Si tiene razones para considerar que la fiebre tiene otra causa que una infección, tal como un ataque cardíaco o insolación, llévelo enseguida al hospital para terapia intensiva. En su defecto, solicite atención médica.

7. No preste atención al cuento de viejas “alimenta el resfriado y mata de hambre a la fiebre”. La nutrición es una parte importante de la recuperación de cualquier enfermedad. Siempre que el niño lo tolere, debe alimentar al resfrío y a la fiebre. Ambas condiciones queman el suministro corporal de proteína, grasas y carbohidratos y deben reemplazarse. Si el niño no quiere comer, ofrézcale fluidos tales como jugos de fruta que tienen algún valor calórico. ¡Y no olvide, no es necesario ser judío para beneficiarse con una sopa de gallina!

8. Las fiebres y otros síntomas comúnmente asociados con éstas pueden causar al niño pérdida de un volumen significativo de fluidos. Esto puede producir una deshidratación. La manera de evitarla es asegurando que tome bastantes fluidos. Los jugos de fruta son convenientes, pero si los resiste, prácticamente cualquier otro fluido servirá. El asunto es tratar de hacerle tomar unos 200 gramos cada hora.

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