“Ser o no ser hombre” .1 – El complejo de Edipo, entre otros

1. El complejo de Edipo, entre otros (página 43)

(Extraido del libro “Ser o no ser hombre” de Alberto Mena Godoy)

Nos adentramos en una fase absolutamente crucial en el desarrollo humano, por lo que implica en la construcción de la identidad masculina y por todo lo que en ella acontece. A principios del siglo XX, Sigmund Freud, basándose en la tragedia ‘Edipo Rey’ de Sófocles, elabora los significados del Complejo de Edipo para mostrarnos las situaciones relacionales que se dan entre padre, madre e hijo, y la importancia crucial que estas tienen en el desarrollo del niño. Partiendo de las conclusiones a las que ha llegado el psicoterapeuta e investigador Marc Costa, trataremos de ir un poco más allá.

A partir de los 3 o 4 años surge en el niño un impulso natural de ir hacia la madre para contactar con ella y conocerla desde la experiencia directa. Es un impulso limpio y claro que sale desde el cuerpo para entrar en contacto y sentirla con fuerza. Si lo observamos, empieza a buscarla no tanto desde la boca en su necesidad de succionar, sino más bien desde todo el cuerpo. ¿qué les pasa tanto al padre como a la madre cuando esto sucede?… Ante esta situación se reacciona de forma absolutamente inconsciente y automática, en función de la vivencia biográfica de cada uno. Puede suceder que el padre sienta celos y literalmente separe al niño de su madre y le castre su impulso natural. Fácilmente puede darse un escenario de competencia entre padre e hijo por hacerse con la complicidad y la compañía de la madre.

Si se le permite, durante esta etapa y con toda naturalidad, el niño quiere conocer el seco de sus padres, incluso tiene curiosidad por ver y tocar los genitales del padre y de la madre. Al mismo tiempo, necesita ser visto y reconocido enseñando su cuerpo desnudo. Todo lo que el niño muestra es natural, completamente sano y despojado de perversión, quiere conocer el sexo de sus padres y ejercer su impulso. Desde nuestro filtro adulto, podemos ver actos perversos donde sólo hay inocencia e ingenuidad. En este sentido, Freud señalaba que el niño es ‘polimorfo perverso’, lo que quiere decir que en el niño se manifiestan varias formas de perversión. Nada más lejos de la realidad del niño y de la mente perversa del adulto. Efectivamente, la perversión empezará a formar parte del niño desde el momento en que no se le permita mostrar y expresar sus impulsos naturales. Si el adulto ejerce la perversión en el niño entrando en una dinámica manifiestamente sexual, o le castiga y le reprime todo lo que tiene que ver con el sexo y con su impulso de mostrarse (haciéndole ver más o menos clara o sutilmente que aquello no está bien), la perversión se irá convirtiendo en parte integrantes de su personalidad.

El niño y la niña, a partir de los 3 o 4 años inician un movimiento espontáneo cargado de energía sexual inmadura, clara y potente. Necesitan mostrarse y entrar en contacto desde ahí, sin que haya una respuesta sexual por parte del adulto. Un contacto de los padres con cierta intención sexual produce mucha confusión en el cuerpo y la psique de un niño. A partir del contacto físico se perciben directamente las intenciones del otro y se registran en el cuerpo. ¿Tenemos clara la diferencia entre contacto afectivo y contacto sexual? … Si no es así y esto va a más, pueden darse y se dan muchísimos casos de abuso, sino por parte de los padres, sí por parte de algún familiar o amigo cercano a la familia. En estas circunstancias, no somos conscientes del daño que se infringe a los niños  las repercusiones que conlleva en la vida adulta. Según las respuestas recibidas, se imprime una vivencia limpia y sana en relación con el sexo, o una vivencia dolorosa y confusa.

¿Cómo debería desarrollarse el Complejo de Edipo por el bien de la salud psico-emocional del niño?

Hacia los 3 o 4 años, el niño vive su primer enamoramiento serio: la madre se convierte en el amor de su vida. Tiene un impulso sano de ir hacia ella y conocerla, buscando un contacto más o menos amoroso y fuerte, Es importante que le permitamos la expresión de ese impulso, que pueda sentir que lo puede hacer. En e un momento dado, la madre irá situando los límites necesarios para que el hijo vaya integrando hasta dónde puede llegar con su impulso. El padre también debería estar presente y dejarse conocer, para a continuación transmitirle al hijo con hechos o palabras, algo así como: “esta mujer es mi pareja…, sería bueno que buscaras una chica para ti…”. Estamos ante uno de los límites más importantes que el niño va a recibir en lo que lleva de vida, está en juego una ley relacional en que para evitar males mayores, se limita el acceso sexual del hijo a la madre. A continuación el padre le diría: “Además, si tu quieres, yo te puedo ayudar a encontrar alguna chica para ti…”. Si nuestro hijo lo pide, y nosotros sentimos que queremos realizar este proceso con él, lo acompañaremos al parque o a cualquier lugar donde haya niñas de su edad, y colaboraremos con el para que pueda desarrollar su impulso natural de ir hacia ellas para conocerlas. De esta forma trascendemos la competición que podría darse entre padre e hijo y la transformamos en colaboración. El niño se identifica con el hombre (su padre), acepta el límite que éste le pone en la relación con su madre, y recibe el apoyo y la fuerza que necesita para ir hacia el mundo a “conquistar” a la niña o niñas que le gustan.

Durante un tiempo tuve oportunidad de acompañar a la escuela a mi sobrino Adrià de 4 años. Yo observaba que espontáneamente se acercaba a algunas niñas de su edad o un poco mayores para darles la mano y entrar en relación. La verdad es que acostumbraba a tener éxito en sus intentos, aunque no siempre era así. Una de las chicas se llamaba Claudia. Cuando Adrià se acercaba a ella ofreciéndole su mano, ésta la retiraba y actuaba como si no existiera. Esta situación se repitió varias veces. Un día, al ver que aunque ella le negaba el acercamiento, él continuaba en su empeño de ofrecerle su mano, me paré junto a él situándome a su altura, y mirándole a los ojos le dije: “Adrià, escúchame un momento. Ya ves que cuando te encuentras con Claudia, tú le quieres dar la mano y… ¡ella no quiere! Si Claudia no te quiere dar la mano, seguramente habrá otras niñas que sí te la quieren dar ¿no?”… “Sí.”- me dijo con una media sonrisa.

Desde ese día se fue dando cuenta de la realidad con Claudia y se desenganchó del infructuoso empeño de darle la mano a una mujer, que una y otra vez lo trataba con indiferencia. ¿A cuantos hombres no les ha pasado que se quedan prendados de la mujer que les trata mal y les rechaza? Si en situaciones parecidas a ésta no tenemos la presencia del hombre que nos dé una referencia clara, nos quedamos pendientes y dependientes de la mujer que nos frustra constantemente.

El Complejo de Edipo marca un antes y un después en el desarrollo del niño. A partir de los 6 o 7 años se produce una especie de amnesia de todo lo sucedido con anterioridad, y se entra en otro ciclo en el que a nivel de funcionamiento general intervienen más las capacidades mentales. Esto no quiere decir que lo vivido a nivel instintivo-emocional desaparezca. Todo lo experimentado desde la concepción en el ciclo intrauterino, queda grabado a nivel profundo en la memoria celular del cuerpo, formando parte del núcleo y la base del carácter.

En esa etapa, el hijo realiza un movimiento progresivo de “separación” de la madre para acercarse cada vez más al padre. Pasa de una dependencia más o menos simbiótica con ella a una situación en que para construirse como hombre, deberá separarse progresivamente para ir hacia el padre. ¿Como le siento esto a la madre y cómo reacciona? … El niño necesita a su padre para afirmar su identidad masculina, de él aprende cómo es un hombre y qué hacen los hombres; eso jamás se lo podrá enseñar su madre. La mujer hace del feto un bebé, y del bebé un niño; el hombre hace al hombre. Desde los 4 a los 7 años y en función de cómo vaya el proceso, el hijo se vincula con el padre y juntos van creando, progresivamente, una relación exclusiva de hombres.

Si el proceso se da como explicamos, el niño se va separando de la madre e inicia la identificación con el padre como modelo de hombre a seguir. En muchas ocasiones, o bien por el vínculo tóxico que se ha creado con la madre, o bien por la falta de relación con el padre (o por ambos factores), la separación de la madre se hace desde un lugar rabioso, despreciativo, cargado de negaciones y de rechazo hacia lo femenino. Si tengo un padre ausente que no está, ¿con quién me voy a identificar? ¿Con qué hombre me vinculo? ¿Cómo me separo de mi madre? …

Si el proceso edípico puede darse atendiendo a la realidad del niño y ofreciéndole las respuestas que necesita, de adulto podrá sentir la sexualidad como algo sano y natural con las mujeres que encuentre fuera de la familia, Entre otras muchas consecuencias positivas : aprende a seguir su impulso y a persistir hasta conseguir su objetivo a todos los niveles; obtiene una idea clara, vivida y experimentada de lo que significa respetar los límites en la relaciones de pareja; se vincula afectivamente al padre afirmando las bases de su identidad masculina. Cuando llegue a la adolescencia, que es el ciclo propiamente del conocimiento experiencial de la sexualidad, todo este proceso edípico vivido en el núcleo familiar, nos permite dirigir nuestro impulso sexual hacia las mujeres disponibles en el mundo, en función de la experiencia registrada desde la base de relación con nuestros padres.


Versión en PDF: 1.SONSH_El_complejo_de_edipo_entre_otros.pdf

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