“Ser o no ser hombre” .2 – La paternidad y el inicio de la identidad masculina

2. La paternidad y el inicio de la identidad masculina (página 51)

(Extraido del libro “Ser o no ser hombre” de Alberto Mena Godoy)

A lo largo de la historia somos testigos de cómo los hombres han dejado casi exclusivamente en manos de las mujeres el cuidado y la educación de los hijos e hijas. Aunque a ese nivel la sociedad vive un momento de transformación, en el ámbito privado familiar son muchas las mujeres que consciente o inconscientemente recelan, se sienten incómodas, o directamente no desean ver cómo sus hombres se ocupan más de los hijos. Muchas veces se justifica aludiendo a la incompetencia del marido, como si en su interior hubiera una profunda desconfianza hacia el hombre que las hace asumir la maternidad, y al mismo tiempo la paternidad. ¿Con qué hombre se identifica el hijo si la mujer también cumple la función de padre? ¿Qué referencia de hombre puede obtener un hijo que no ve a su padre por ningún lado?…

Un estudio de la psicóloga clínica Diane Ehrensaft demuestra que a menudo, las madres están celosas de los lazos que unen a padres e hijos, se sienten excluidas y se quejan de no disfrutar con su marido del mismo grado de intimidad que éste comparte con el hijo. Desde el momento en que el hijo comienza a ‘deshacerse’ de los lazos de unión tan potentes que hasta el momento tenía con la madre e inicia una dirección cada vez más clara hacia el padre, la madre se ve en la circunstancia de perder su papel principal.

El hombre tiene una posición y una función como padre que sólo puede cumplir él, fundamentalmente porque es un hombre. Los hombres tienen una responsabilidad muy importante como padres, que toma cuerpo y sentido si se da un posicionamiento claro en sus funciones.

Los chicos buscan en su padre un aliado o un compinche leal con quien conocer y practicar su masculinidad, tanto en el ámbito doméstico como fuera de él. Puede  ser que el padre no se dé cuenta de la importancia que tiene para el niño  o adolescente, el aparentemente simple hecho de estar con él. También puede ser que el padre no se sienta a gusto estando con su hijo por el temor que le produce la intimidad entre hombres. Esta cuestión acostumbra a dejar un poso de distancia y desconfianza entre padre e hijo que en la vida adulta del chico le dificulta la relación íntima con otros hombres.

El mal del padre ausente es una de las enfermedades más universales instaladas en el hombre y en las familias: el padre inabordable que tiene serias dificultades en mirarle a los ojos a su hijo para ver qué le pasa y saber cómo se siente, el padre que huye de la familia dejando un vacío afectivo en su hijo que no le permite conocerle porque no está. La ley del silencio y la distancia se imponen a la necesidad  que siente el hijo de que su padre esté con él, le acompañe, le apoye y le reconozca.

Según G. Corneau, los padres que ‘faltan’ engendran hijos ‘faltos’, es decir, ‘faltos de padre’. En consecuencia, estos hijos faltos de amor y presencia paterna permanecen atrapados en la órbita materna y adoptan el pensar y el sentir femeninos como propios. Robert Bly añade: ‘Miran a su padre y a su virilidad con los ojos de la madre. Si ésta considera al padre como brutal, obseso y carente de actividad, el hijo elabora una imagen negativa de su padre y rehúsa ser como el’. A nivel afectivo, el hijo ‘abandonado’ por su padre y simbiotizado con la madre como una extensión de su propio yo, toma el camino de ser el ‘niño de mamá’: adquiere el rol de chico bueno, amable y formal. Para complacer a su madre, el hijo es convertido en el hombre ideal para ella. De esta forma, de adulto repite el mismo patrón de relación infantil con las mujeres que encuentra como novias. Con el miedo al abandono de fondo, se asegura de que ella esté contenta, a pesar del sometimiento dañino y la negación de sí mismo que esta situación le produce. En realidad, no sabe quién es él ni puede situarse ante la mujer desde su identidad personal.

Existen dos tipos de padre que predominan en los hogares de todo el mundo. El primero de ellos y de los más extendidos es el conocido como ’padre florero’. Es el padre que finalmente ha decidido retirarse, en alguna medida esconderse, y asumiendo su incapacidad, le ha dado a su mujer la sartén, el mango y los pantalones a cambio de un poco de paz y tranquilidad, que tampoco obtiene. El ‘padre florero’ está, pero no está. En realidad no está, le han quitado toda su fuerza como hombre y él se la ha dejado quitar, no pinta más que lo que su mujer le deja. El otro modelo predominante es el conocido como padre de hierro’, duro por fuera y duro por dentro. Al contrario del ‘padre florero’, ha creído que tiene más capacidad y fuerza de la que realmente posee. Subido al carro del modelo masculino predominante del que hablaremos más adelante, se cree con el derecho de hacer y deshacer a su antojo. Despojado de afecto, es la autoridad y punto. Irresponsable con sus hijos, los abandona en manos de la madre cuando más necesitan su presencia, y no dudan en su autoritarismo, incluso en castigar, amenazar o pegar cuando la situación se le va mínimamente de las manos.

Como afirma Edmund White : ‘En numerosas ocasiones, el niño reclama la ayuda de su padre para romper el cordón umbilical y cada vez, el padre simula no oírle y lo rechaza’. Después del nacimiento, a los 6 o 7 años aproximadamente, será la segunda ocasión en que habrá que ayudar al niño a cortar el ‘cordón umbilical’ que le une a la madre. Para esta vez, necesitará de su padre. Entre los 4 y los 7 años, el niño va integrando lo femenino que hasta el momento ha recibido, para a continuación irse agarrando a lo masculino. La paternidad presente ejercida con afecto contribuye a que durante ese proceso el niño no tenga que renunciar a su parte femenina y a sus sentimientos. Más bien al contrario, le permitiría integrar lo que la madre hasta ese momento le ha dado. Para ello, el hijo necesita un padre próximo, afectuoso y fuerte que le dé una referencia clara de lo que significa ser hombre. Así, la identidad masculina recompondría el sentido de virilidad y hombría, sin mutilar ni renunciar a la base femenina que conforma el ser humano hombre. La integración de la parte femenina que la madre deja en él, le permite instalar un sentimiento afectuoso, respetuoso y de valor hacia la mujer, no solo hacia la madre, también hacia las demás mujeres.

Las experiencias vividas en relación con el padre irán configurando los valores del niño hombre. Más pendiente de lo que hace que de lo que dice, le tomará como modelo a partir de lo que vive y experimenta con y junto a él. ¿Un padre puede ser afectivo con su hijo?, ¿por qué asociamos afecto y cuidado con la madre y no con el padre?, ¿por qué asociamos afecto y cuidado con las mujeres y no con los hombres? … Parece como si ante estas cuestiones, el fantasma de la homosexualidad planeara sobre nuestras cabezas. Es momento de situarnos, tomar conciencia y plantarnos con claridad el auténtico sentido y significado del ser hombre.

Todos los hombres somos hijos y tuvimos un modelo de padre : más o menos ausente, más o menos presente, más o menos abstracto, más o menos real. Cualquiera que fuera nuestro modelo paterno, éste influyó en nuestra personalidad y en nuestra masculinidad, así como también influyeron otras figuras masculinas como el hermano, el tío, el abuelo, algún profesor, etcétera. Aun así, la figura del padre es un pilar vertebral. La importancia que profundamente tiene un padre para su hijo va mucho más allá de lo que aquí pueda decir con palabras. La triste realidad es que la mayoría de los hombres no han tenido a su padre como un ser humano próximo que le permitiera establecer la comunicación y el contacto afectivo necesarios. Pocos recuerdan haber sido abrazados o cuidados por él. Como nos dice el psiquiatra y psicoanalista Ricardo Capponi, el hijo de un padre lejano o ausente, si con el tiempo logra desprenderse de la madre, elabora su ideal de masculinidad identificándose con las percepciones culturales de lo que es un hombre. A través del cine, la televisión, el deporte de alta competición, los hombres célebres y los líderes de grupos, va construyendo su referente de hombre y va tratado de parecerse a ellos, adquiriendo así una pseudo-identidad masculina más bien borrosa, lejana y frágil.

Teniendo en cuenta que gran parte de los hombres no ha tenido un padre realmente presente con quien construir una identidad masculina sólida y sana, se hace necesario empezar de nuevo para conectar con nosotros mismos, y tratar de reconstruir el sentido y los significados del ser hombre y del ser padre. Esta cuestión compete exclusivamente a los hombres, a ellos les corresponde tomar las cartas que en los próximos capítulos se van a repartir.


Versión en PDF : 2.SONSH_La_paternidad_y_el_inicio_de_la_identidad_masculina.pdf

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