“Ser o no ser hombre” .3 – Pequeñas y grandes diferencias entre hombre y mujer

3. Pequeñas y grandes diferencias entre hombre y mujer (página 83)

(Extraido del libro “Ser o no ser hombre” de Alberto Mena Godoy)

¿Qué significa ser hombre?, ¿qué significa ser mujer?, ¿cuáles son las prácticas, actividades, creencias, estructuras y valores que nos hacen percibirnos y ser percibidos como hombre o mujer?…

Señalamos las diferencias entre hombre y mujer, desde las tendencias que se observan. Existen unos parámetros estadísticos que llevan a conclusiones que por mayoría definen más a hombres, o a mujeres. Sería algo así como decir: ‘como media, los hombres tienen los pies más grandes que las mujeres”. Está claro que hay muchas mujeres que tienen los pies más grandes que muchos hombres, pero la tendencia es que los hombres tienen un tamaño de los pies mayor que las mujeres. Dentro de las tendencias, me refiero sobre todo a aspectos relacionados con la manera de ser y de comportarnos, las formas de pensar y sentir más propias del hombre o de la mujer.

Aunque hombre y mujer coincidimos en que formamos parte de la misma especie, y podemos considerar que es más lo que nos une que lo que nos separa, aquí nos centraremos en lo que nos diferencia, que no es poco.

Desde la concepción, los aproximadamente 100 trillones de células que forman el cuerpo del hombre y de la mujer, son diferentes. En el hombre, todas sus células son masculinas, el cromosoma Y le identifica. Un solo cromosoma Y de los 23 pares que lo conforman, es suficiente para que el desarrollo posterior sea masculino. A nivel estrictamente orgánico, el cerebro y el cuerpo se formarán según el programa genético en conjunción con las hormonas sexuales.

A nivel biológico cerebral, los hombres tienen mayor asimetría hemisférica, el hemisferio izquierdo y el derecho están más separados a nivel funcional. En las mujeres se observa una mayor comunicación entre ambos hemisferios, son más flexibles. El neurobiólogo Gerald Huther afirma que el hombre medio está más capacitado que la mujer para la síntesis, la orientación espacial, las capacidades fino-motoras como la puntería, y el establecimiento de relaciones jerárquicas de dominación. Ellas en cambio, tienen más capacidad empática, saben ponerse mejor en el lugar del otro, poseen mayor capacidad de comunicación verbal y entran en contacto visual con su interlocutor más abiertamente.

Los últimos estudios recopilados por la neuropsiquiatra Louan Brizendine demuestran que en las áreas cerebrales, el área preóptica medial (APM), que es donde se sitúa el impulso sexual, es 2,5 veces mayor en el hombre que en la mujer. El hombre necesita de ese impulso, no sólo para experimentar su sexualidad, también para ir hacia el mundo, hacer valer su fuerza, y conquistar, entre otras muchas capacidades que derivan de de la energía sexual, como el empuje, el valor ,el coraje, la creatividad, la iniciativa y la dirección clara. El núcleo premamilar dorsal (NPD), que es el área del cerebro donde se activa la defensa del territorio, es más amplio en el hombre que en la mujer. Esto le da mayor sensibilidad ante potenciales amenazas territoriales.

A nivel hormonal, en la mujer el estrógeno, la progesterona y la oxitocina establecen relación con los circuitos cerebrales para propiciar conductas propiamente femeninas. En el hombre predomina la testosterona, la vasopresina y una hormona llamada SIM (Sustancia de Inhibición Mulleriana). La testosterona es la hormona masculina por excelencia: reduce el miedo, propicia la activación de los circuitos del sexo y la agresión, y afronta la búsqueda de la pareja objeto de deseo. En los chicos adolescentes, los niveles de testosterona aumentan hasta 20 o 30 veces. A nivel fisiológico, contribuye a hacerle dominante, agresivo y contundente. La vasopresina es considerada la hormona del galanteo y la monogamia, se activa sobre todo en la defensa y protección agresiva del territorio, de la pareja y de los hijos. El estrógeno, aunque en el hombre no ejerce tanto poder como la testosterona, estimula la capacidad afectiva y contribuye a incrementar el deseo masculino de dar abrazos y caricias, además de activar su oxitocina. Pese a que la mujer también dispone de testosterona, la cantidad de estrógeno (relacionado con el limitar la agresividad) y de progesterona (relacionada con el cuidado y protección de las crías) es mucho mayor. En el hombre existe una sustancia propia y exclusiva: la Sustancia de Inhibición Mülleriana (SIM). Más conocida como ‘el desfeminizador’, desde zonas intrauterinas despoja al varón de todo lo femenino. Ejerce un papel fundamental en la destrucción de los órganos reproductivos femeninos y contribuye a construir los órganos reproductivos y los circuitos cerebrales masculinos.

La masa muscular media de los hombres es de unos 31 Kilos; la de las mujeres de unos 20. Desde el punto de vista bioquímico, los músculos de los hombres son entre un 30 y un 40% más fuertes por unidad de masa que los de la mujer, y son más rápidos en neutralizar residuos químicos como el ácido láctico. La mujer presenta casi un 15% más de materia grasa, más tejido adiposo y menos masa magra que el hombre. Diferentes tablas de requerimientos nutricionales evidencian que una mujer adulta necesita un 20% menos de energía que un hombre con la misma actividad física y edad. Si la energía promedio para una mujer de 40 años de vida sedentaria oscila entre 2300 y 2400 kcal, en el hombre se sitúa en más de 3000.

Existen diferencias entre hombres y mujeres en la forma de enfermar, en la forma de manifestar los síntomas y en la metabolización de fármacos. Se ha observado que las enfermedades relacionadas con el dolor y el cansancio (fibromialgia, fatiga crónica, …) y las enfermedades autoinmunes, son de predominio femenino. Los antidepresivos son el segundo medicamento más recetado en España, el 70% de las personas que lo toman son mujeres.

Adentrémonos en la conducta y en las diferencias que se observan entre niños y niñas. Los investigadores Feiring y Fagot observaron que así como las niñas juegan con los juguetes de los niños, a la edad de 4 años los niños rechazan los juguetes de las niñas y todo lo que tiene que ver con el color rosa. Por más que los padres, adultos y educadores intentan influir, se ha comprobado que las niñas tienden a juegos más tranquilos, como las casitas o las muñecas, mientras los niños tienden a juegos más de movimiento, lucha y acción. Como nos cuenta Louan Brizendine, ‘en una guardería irlandesa, los investigadores observaron que los niños confían los juguetes de cocina de las niñas e incluso desatornillaban la llave del grifo del fregadero para utilizar sus piezas como armas de juguete. A su vez, convertían espátulas en espadas para luchar contras los malos y utilizaban alubias a modo de balas.’ No es extraño que los chicos provoquen el 90% de los alborotos en el aula.

La victoria es de una importancia crucial para los niños: la posición social se define en torno a quien gana. Compiten para ver quien sabe más, quien es mejor y quien tiene más capacidad. El éxito o fracaso de un niño en los deportes y en otros ámbitos de enfrentamiento, incide directamente en su autoestima. Instintivamente saben que deben aprender a triunfar dentro de la jerarquía masculina. Descubren su lugar en el mundo ensanchando los límites físicos de su propio cuerpo, necesitan probar y comprobar hasta dónde pueden llegar. Es típica la imagen de dos o más niños orinando para quien llega más lejos.

En la escuela primaria, los estilos lúdicos de niños y niñas divergen con claridad. Mientras los niños se unen a los niños, las niñas se reúnen con las niñas. El mundo masculino y el femenino se diferencian y se distancian para construir sus propias reglas de género. Desde lo biológico y desde las relaciones que se establecen, se van construyendo identidades que difieren claramente entre sí : el niño se va haciendo hombre junto al grupo de niños y la niña se va haciendo mujer con su grupo de niñas.

En la adolescencia, hombres y mujeres se unen a sus iguales en grupos de hombres y de mujeres por separado, al mismo tiempo que se mezclan entre sí para compartir grupo. Es el momento en que chicos y chicas entran en relación directa, buscando conocerse y entrar en contacto lo más consistentemente que pueden. Los estilos son claramente distintos: el hombre va hacia la mujer para conocerla y conquistarla; la mujer seduce, envía señales de disponibilidad, y espera a que el hombre venga.

Vuelvo a señalar que las diferencias entre hombre y mujer se fundamentan en lo observado por tendencia general. Aunque es evidente que hoy en día todo está más mezclado, existen unos parámetros estadísticos que llevan a conclusiones que por mayoría definen más a hombres, o a mujeres. Veamos qué sucede a nivel de conducta… En un experimento realizado por Pilar Sordo y un equipo de investigadores chilenos, se les pide a más de 1.500 personas que digan todo lo que se les ocurra cada vez que escuchen la palabra ‘esperma’. A continuación se les pide lo mismo cada vez que escuchen las palabras ‘útero, óvulo u ovario’. Asociada a ‘esperma’, las palabras que más pronunciadas son: velocidad, competencia, desafío, conquista, batalla, guerra y sexo. Asociado a ‘útero, óvulo u ovario’: acoge, recibe, blanco, lento, nido, calor, sólo y amor. Dentro de todas las palabras recopiladas, aparecen dos que frecuentemente se repiten: la palabra ‘retener’ asociada a ‘óvulo’ y la palabra ‘soltar’ asociada a ‘esperma’. Si un hombre no suelta nos puede ser padre, si una mujer no retiene no puede ser madre. A nivel corporal, la mujer genera nido y posee una gran memoria emocional, revive el pasado y lo siente con más facilidad que el hombre. El hombre en general avanza, está más en la acción, no se detiene y tiende a ‘olvidar’ los conflictos de relación. A diferencia de la mujer, que permanece más tiempo en la zona de dolor, el hombre tiende a distanciarse de lo que siente y carga en el cuerpo las cuestiones emocionales que no se para asentir. El hombre se justifica desde sus principios, desde lo que piensa; la mujer desde sus emociones, desde lo que siente.

La mujer exterioriza sus sentimientos, el hombre los interioriza y los relativiza. La mujer se caracteriza por su capacidad de expresión, por comunicar lo que piensa y lo que siente; en el hombre predomina la actitud de silencio y pocas palabras. La mujer necesita hablar sobre sus conflictos; el hombre solo habla (si lo hace), cuando ya los ha resuelto. En ese sentido, las mujeres construyen redes de información, comunicación y complicidad con otras mujeres, mientras los hombres carecen o prescinden del apoyo emocional que necesitan. A las mujeres las comunica la palabra; a los hombres la acción. El lenguaje masculino da preferencia a temas concretos referidos a cómo funcionan las cosas y al mundo exterior, el mundo objetivo. El lenguaje femenino es más cotidiano, más subjetivo, vinculado a los sentimientos y al mundo interiores. La lingüista Deborah Tannen explica que desde la infancia, las mujeres utilizan el lenguaje básicamente para buscar la confirmación del otro y afianzar su intimidad. Los hombres en cambio, lo usan sobre todo con la finalidad de mantener su autonomía, su independencia y su posición social.

Los hombres están más dotados para enfocarse en hacer una sola cosa a la vez; las mujeres tienen una perspectiva más abierta al entorno. Como la madre que está pendiente de sus hijos, de las patatas que se están friendo y del teléfono que acaba de sonar. La mujer está más en la realidad concreta, tiene cosas que hacer y las hace; el hombre toma más distancia sobre los asuntos y se da más tiempo, tiene más capacidad de contención.

Así como el hombre está más en contacto con la percepción que le llega desde la vista, la mujer lo está más con la que le llega desde la escucha. El hombre se enamora por lo que ve, la mujer por lo que escucha. En una encuesta realizada entre estudiantes universitarios sobre las características que encuentran más atractivas en el sexo opuesto, los rasgos principales que buscan las mujeres en los hombres son la inteligencia y el sentido del humor. En los hombres, lo que consideran más atractivo del sexo opuesto son los pechos. Existe un deseo importante en las mujeres, más que en los hombres, de gustar a los demás y de gustarse a sí mismas: la mujer necesita estar guapa, verse guapa y que la vean guapa. El psicólogo David M. Buss, después de un exhaustivo estudio concluyó que a la hora de elegir pareja, los hombres valoran más que las mujeres el buen aspecto y el atractivo físico. Las mujeres en cambio, dan más preferencia al estatus social y a la capacidad de trabajo en una pareja de larga duración

A nivel de conducta, hombres y mujeres tienen formas muy distintas de ser, de estar y de sentir la vida. El hombre tiene una tendencia natural a la osadía, a la aventura y a correr riesgos. Piensa con frecuencia en ir más allá de lo que hay, intenta cosas nuevas para hallar aquello que le hará más rico, más fuerte y más sabio. Así como el hombre se centra en la expansión y en ampliar fronteras, la tendencia de la mujer va más dirigida a la conservación. El hombre arriesga y se aventura, incluso a costa de hundirse. La mujer va con paso firme, busca seguridades y piensa mucho en todos los detalles que podrían frustrar el intento.

Los hombres funcionan en base a objetivos; las mujeres en base a procesos. Los hombres disfrutan más con la llegada de las cosas y con el conseguir; las mujeres con los trayectos. El hombre sale a comprar, entra a la tienda, coge lo que necesita y se va. La mujer sale a comprar y se recrea mirando y contemplando todas las opciones posibles antes de decidir.

En el sexo, así como la mujer concede más importancia al antes y al después del acto sexual, el hombre está más centrado en el momento de la penetración y el orgasmo. A nivel instintivo, el hombre está más en contacto con su necesidad sexual, mientras que la mujer lo esta más con su necesidad afectiva. Cuando ambas necesidades consiguen unirse y entrelazarse, hombre y mujer disfrutan plenamente del sexo en relación.

Conversando con la psicoterapeuta Alba Soler, miembro de un Grupo de Mujeres en busca de la identidad femenina, llegué a la conclusión de que lo que más desea una mujer hasta el punto de dar sentido a su vida, es ser madre y tener hijos. A diferencia del hombre, el cuerpo de la mujer se prepara mes a mes para procrear. En la mujer que no ha podido ser madre, se produce una renuncia que internamente suele ser muy potente. Como hombres, es cierto que estamos conectados a un deseo instintivo de ser padres, pero la fuerza del instinto materno tiene mucha más intensidad. Además, la mujer tiene un tiempo límite para ser madre, hacia los 40 años se sitúa la edad límite par evitar riesgos derivados del embarazo. El fin de la posibilidad de ser madre lo establece la llegada de la menopausia, hacia los 50 años; el hombre puede inseminar hasta el final de sus días.

Así como el ser madre da sentido al ser mujer, la realización profesional da sentido al ser hombre. En la profesión es donde más energía dirige y deposita el hombre. Willard F. Harley, psicólogo clínico y veterano mediador en asuntos matrimoniales, durante 20 años de experiencia profesional había entrevistado a unas 15.000 parejas con problemas o dificultades: ’Las mujeres casadas me explican qué les molesta trabajar cuando lo hacen por absoluta necesidad. (…) En nuestra sociedad, la incapacidad del marido para satisfacer las necesidades de vivienda, vestido, alimentación, transporte y otros elementos básicos provoca tensión en la pareja. Por mucho éxito que tenga una mujer en su carrera, en general desea que su marido gane el dinero suficiente como para que se pueda sentir ayudada y atendida”. Harley sugiere que la mayoría de mujeres otorgan prioridad a la seguridad material. La antropología le da la razón. Laura Betzig, experta en antropología biológica, ha constatado que en cualquier parte del mundo hay más mujeres que prefieren casarse con un hombre con posibilidades económicas que ya tenga un mujer, que con un hombre soltero pero pobre. A escala mundial, los hombres ricos se casan con más mujeres y tienen más amantes que los hombres pobres: el poder y el estatus actúan como uno de los grandes afrodisíacos.

Mujeres y hombres están diseñados instintiva y corporalmente para aprender a desarrollar actividades que encajen con sus capacidades naturales. Desde hace más de 4 millones de años, la división sexual del trabajo nos ha servido como especie para estructurarnos y crecer hasta reinar en el mundo animal. Los animales y los grandes simios de los que provenimos comparten esta tendencia natural a actuar según les dicta su naturaleza. No es casualidad que el cuerpo del hombre y el de la mujer estén diseñados de forma distinta. Cada uno deberá cumplir con la función más útil y efectiva para el óptimo progreso de la familia y la comunidad. No podemos ser iguales, porque evidentemente no lo somos, pero sí podemos tener los mismos derechos individuales, más allá del sexo y el género. Un hombre es un hombre porque dentro de śi predomina la energía masculina por encima de la femenina, que también la tiene; en la mujer predomina la energía femenina por encima de la masculina. Ambos sexos tenemos de los dos sexos, las predominancias nos diferencian.

Sabemos que la niña mujer se identifica con la madre para construir su identidad femenina, de la misma manera que el niño hombre se identifica con su padre para construir su identidad masculina. En torno al padre y a la madre giran otras figuras, masculinas y femeninas, que también influyen y se suman a la construcción de la identidad sexual. A pesar de que la naturaleza de hombre y mujer es claramente distinta, durante nuestro desarrollo y  partir de las referencias masculinas y femeninas que recibamos, adquiriremos más unas u otras en función de lo prácticas y efectivas que sean para nuestro funcionamiento general.


Versión en PDF : 3.SONSH_Pequeñas_y_grandes_diferencias_entre_hombre_y_mujer.pdf

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