“Ser o no ser hombre” .5 – La relación de pareja

5. La relación de pareja (página 129)

(Extraido del libro “Ser o no ser hombre” de Alberto Mena Godoy)

La mayoría de nosotros somos hijos de una relación de pareja, la vida no puede concebirse sin el encuentro entre hombre y mujer. Desde la adolescencia, empezamos a sentir el anhelo de estar con alguien y tener una relación íntima. Todos y todos llevamos inscrita la necesidad de establecer contacto con el otro y vincularnos. Vamos a la búsqueda del amor fusional, lo buscamos de continuo y nos frustramos cuando no lo encontramos.

Desde ese deseo profundo, un día aparece alguien a quien atraemos y al mismo tiempo nos atrae. Poco a poco nos vamos conociendo, y si todo fluye en la misma dirección, decidimos de mutuo acuerdo iniciar una relación de pareja. Tenemos contactos, intimamos, compartimos caricias, cuidados y disfrutamos del placer sexual. Si hasta ahora no han surgido dificultades y todo fluye, sentimos las famosas “mariposas en el estómago”, nos sentimos enamorados y confiados, amamos y nos sentimos amados. Al mismo tiempo, vamos depositando grandes expectativas en nuestra pareja, como si el otro o la otra nos fuera a dar todo lo que necesitamos, como si fuera a llenar todos nuestros vacíos y satisfacer todas nuestras necesidades: idealizamos y nos alejamos de la realidad construyendo un ideal imaginario con el que nos sentimos a gusto. Nos inventamos a la persona que apenas conocemos para que encaje en las expectativas creadas.

Desde ese lugar ideal en que nos encontramos los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, empezamos a ver ‘cositas’, actitudes, aspectos de nuestra pareja que no nos hacen demasiada gracia. Hasta cierto punto lo vamos tolerando, pero poco a poco aumenta el malestar interno que finalmente un día, nos lleva al enfrentamiento. A partir de entonces, la vivencia que hasta el momento teníamos comienza a transformarse: empieza a haber algo que me hace daño y me hace desconfiar. Si esto no me sucede a mi, le sucede a mi pareja hacia mi. De pronto, cada uno vuelve a recolocarse desde sí mismo, se producen discrepancias y alguna discusión. Por momentos podemos plantearnos dejar la relación y no afrontar lo que nos pasa. Si no es la primera pareja con la que estamos, vemos como en el fondo, nos encallamos allí donde teníamos las mismas o parecidas dificultades con parejas anteriores. Probablemente pongamos fin a la relación. Probablemente también, volvamos a repetir la misma historia con diferentes parejas.

¿Qué está fallando?… En primer lugar, muy seguramente la comunicación. Algo que parece tan sencillo como comunicarse en el mismo idioma, podemos hacerlo terriblemente complicado. Uno dice una cosa, el otro entiende o interpreta otra, y se entra en confusión. El malentendido, si no se aclara a tiempo, cada vez se hace más grande. Cuando surge un desacuerdo, si lo que está sucediendo nos afecta profundamente, podemos no ver lo que le pasa al otro en absoluto. Solo vemos lo que nos pasa a nosotros y nos creemos con el derecho de pasar por encima de quien sea (cuando digo al otro, me refiero también a la otra, sucede indistintamente en hombres y en mujeres). En esos momentos, ni siquiera nos  podemos escuchar. Y si no hay escucha, tampoco hay comunicación ni diálogo.

Otras veces nos vemos envueltos en luchas de poder o competición, discutiendo para ver quien manda o sabe más: ‘yo tengo razón’, ‘hay que hacerlo como yo digo’, ‘tu no sabes’, … Desde ahí, hay dos opciones: o el otro se somete con la toxicidad que conlleva, o se posiciona y se hace ver. Cuando se produce un conflicto, ¿qué nos sucede?, ¿qué nos pasa por dentro?, ¿qué sentimos?…. y a continuación ¿como nos comunicamos desde lo que nos pasa internamente?, ¿podemos escuchar lo que nos pasa, hacérselo llegar al otro?… ¿podemos aceptar que el otro no está ahí para satisfacer todas nuestras necesidades, muchas veces exigidas? ¿Podemos aceptar que el otro también tiene sus necesidades, que muchas veces no coinciden con las nuestras?… Desde los lugares de desencuentro se crea distancia, se cortocircuita la comunicación, no se aclaran las situaciones que han llevado al conflicto y puede producirse  la separación (por no hablar de actos de violencia o destrucción). ¿Podemos respetarnos aunque no estemos de acuerdo?, ¿podemos llegar a algún tipo de encuentro que permita aclarar la situación que provocó el conflicto? Si es que sí, la relación de pareja tiene la oportunidad de avanzar y evolucionar, cada vez nos conocemos más, y se refuerza el compromiso y los lazos de unión entre ambos. Si es que no, se genera un proceso de idas y vueltas, un distanciamiento mutuo que se prolonga en el tiempo y que muy probablemente lleve a la ruptura.

Cuando estamos en una relación de pareja, en un momento dado creemos que el otro tiene la obligación, si o si, de satisfacer muchas de las necesidades y carencias que cada uno arrastra desde su infancia.

Si a nivel personal tengo carencia o daño en sentirme protegido cuando me he sentido en peligro, coloco esa necesidad en mi pareja y me veo envuelto en situaciones que implican que el otro de la cara por mi y me salve. Si tengo carencia o daño en mi necesidad de cuidado y atención incondicional, a la mínima que siento que mi pareja no está como yo necesito, me vuelvo exigente para que este por mi por encima de todo. Si tengo carencia o daño porque en mi infancia no me han dejado espacio para ser autónomo, de adulto tendré serias dificultades para separarse físicamente de mi pareja y hacer lo que necesito hacer desde mi individualidad. Si tengo carencia o daño cuando voy hacia el otro para conocerlo, entregarme y disfrutar con él, me encontraré con esa misma dificultad a nivel de pareja. No entraremos más en detalle porque necesitaríamos otro libro para ver los entresijos de estas cuestiones. Solo decir que ‘casualmente’, solemos encontrarnos con personas que dan junto en el clavo que llevamos dentro. COmo si la vida nos pusiera por delante una tras otra oportunidad para parecer y crecer.

Centrándonos en el hombre, es un reto asumir y defender el derecho a decir ‘no’ a las demandas externas. No es nuestra función satisfacer todo lo que se nos pide. Que queramos dar y proveer no significa que estemos obligados a hacerlo. Existe una tendencia en el hombre a decir que sí, sobre todo a la mujer, por miedo a entrar en conflicto. Como si dentro del conflicto emocional que pudiera surgir, no tuviera la fuerza suficiente para sostener y expresar su posición. DEsde ahí tiende a ceder, a prometer y/o a dar para que ella esté contenta, sin siquiera plantearse si quiere o no quiere dar aquello que se le pide. Para no entrar en conflictos, algunas veces recurre a la mentira. La cuestión es evitar que ella se enfade o se sienta herida.

Si nuestra pareja no respeta nuestros límites, cada uno debiera ver la historia personal que tiene y desde ahí asumir su responsabilidad. Si alguien debería habernos dado lo que necesitamos son nuestros padres, a nadie más podemos exigir eso. Nuestra pareja o nuestros amigos y amigas no son responsables de cubrir nuestras carencias, tienen derecho a poner un límite donde crean necesario. Evidentemente, podemos protestar y nos podemos enfadar, pero cada uno es responsable de hacer lo que deba en cada momento. ¿Somos conscientes de la carga emocional histórica que nos acompaña y que en un momento dado ponemos en el otro cuando nos limita en nuestra necesidad profunda insatisfecha?

Cuando el hombre se sitúa frente a la mujer y empieza a poner límites a su demanda, esta puede enfadarse, cortar la comunicación o hacérselo pagar de alguna manera. Existe la posibilidad de quedarse ‘sólo’ y ‘perder’ a la mujer. Algo así como cuando no hacíamos lo que mamá quería y nos castigaba sutil e inconscientemente retirándose su amor y dejándonos solos. Los hombres tenemos un miedo espantoso a perder a la mujer, con toda su fuerza aparece el fantasma del abandono y la pérdida. Por no perder a la mujer, a veces nos perdemos a nosotros mismos. Como adultos, se hace necesario sentir que tenemos otros hombres que nos comprenden y que nos acompañan. Por desgracia, acostumbramos a vivir estas situaciones en soledad, como cuando éramos niños.

Como hijo, necesito un padre que esté conmigo, me apoye y me de la fuerza para no perderme a mi mismo por contentar a mi madre. En el Grupo Psicoterapéutico de Hombres al que he pertenecido, cada uno recoge la fuerza masculina que necesita y que recibe de los demás. EL hombre me da el apoyo, la seguridad y la fortaleza para no perderme a mi mismo y no perder mi identidad. PAra comprender esta cuestión, es necesario vivir y sentir la experiencia. La información o la toma de conciencia no son suficientes.

Existe una situación que en menor o mayor medida suele darse en las relaciones de pareja. DEspués de una discusión importante, la relación se sitúa al borde de la ruptura. Cuando parece que es el final, se reconcilian las posturas, y desde ese lugar de euforia se toman decisiones precipitadas como casarse, tener hijos, adquirir una vivienda, … Son muchos los  casos de parejas que se casan y cuando han pasado unos días, unas semanas, o unos meses, se divorcian. Antes de aclarar y de comprender la situación que creó el conflicto, se da un gran salto adelante sin afrontar la cuestión que en el fondo no está resuelta. Conozco el caso de un hombre que cada vez que se reconciliaba con su mujer, tenían un hijo. DEspués del quinto, la relación terminó.

La relación de pareja pone ante nosotros la verdad de lo que llevamos dentro, destapa nuestras emociones y sentimientos más profundos y nos sitúa en el reto de llegar a acuerdos con el otro. La relación de pareja es el escenario donde se manifiesta lo mejor y lo peor de cada uno. Lo que creíamos superado, la vida nos lo vuelve a poner por delante para hacernos ver que en realidad, sigue pendiente. La relación de pareja es una oportunidad, además de para amar y ser amados, para cuestionarnos acerca de quién somos realmente, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Desde la relación con la familia, sufrimos las primeras y más importantes heridas en el amor y el vínculo afectivo. DE adultos, es responsabilidad de cada uno conocer y transformar la historia personal, para amar y vincularnos desde un lugar sano. No necesitamos querernos amarnos ‘tanto’. Necesitamos queremos y amarnos ‘mejor’.

Por lo general y como tendencia, la mujer es más consciente de su necesidad de cuidado y de sentirse querida. Aunque no lo pida directamente, lo hace indirectamente. En ese sentido, aunque el hombre no es tan consciente y le cuesta sentir esa necesidad, es evidente que también la tiene. Está bien que se permita estar en contacto, incluso fusionarse y sentir el placer del cuerpo a cuerpo tranquilo con su pareja: el hombre también lo necesita. LA dificultad general estriba en que a continuación cada uno pueda volver a su propio espacio, y pueda separarse con tranquilidad. En estas situaciones, a menudo no dejamos ir al otro. En función de la persona, esta puede sentirse rechazada o abandonada -aunque no sea consciente- a ver que el otro se separa para ir a hacer sus cosas. Desde esa historia de fondo, se condiciona el movimiento de separación de la pareja. A Menudo, cuando uno de los miembros se siente bien, contento y abierto, al otro le empiezan a coger todos los males. Entre ellos, el que pueda distanciarse e irse con otra u otro. DEsde estos u otros lugares, el miedo gobierna y el conflicto acecha.

Para hallar su complementariedad natural, el hombre necesita a la mujer u la mujer al hombre. Cuando tratamos de construir una relación, vemos las dificultades que tenemos en vincularnos. El baile de dominación y sumisión es el más extendido en las relaciones de pareja. El conflicto no es necesariamente algo negativo, puede serlo cuando no sabemos estar con la tensión que surge. Desde las posiciones de cada uno, podemos despreciar al otro y entrar en luchas de poder que desgastan la relación. El hombre no aprecia la perspectiva de la mujer y la mujer no aprecia la perspectiva del hombre, más bien se desprecia. Desde la falta de respeto que en esos lugares surge, la posibilidad de destrucción progresiva de la relación va en aumento.

El hombre necesita establecer puentes de conexión con su corazón y con lo que siente para llegar a algún punto de encuentro, no solo con su mujer, también consigo mismo y con los demás. Al hombre le cuesta recibir las comunicaciones femeninas que se expresan desde el corazón, puede sentir que le emocionalidad de la mujer le molesta, sobre todo si se entromete entre él y su objetivo. De igual manera sucede en los encuentros sexuales con la pareja. La mujer en general, reclama más tiempo para comunicarse y sentirse. El hombre puede interpretar eso como una interrupción en su dirección y propósito. Lo cierto es que tenemos serias dificultades para entrar en comunicación franca con nuestra pareja, y establecer espacios íntimos de encuentro y conexión que nos permitan disfrutar de la relación que mantenemos.

Una epidemia de separaciones se extiende por el mundo de las relaciones de pareja. Es urgente una toma de responsabilidades, tanto por parte de los hombres como por parte de las mujeres. El conflicto en las relaciones humanas y en las relaciones de pareja, forma parte de la vida y del camino que recorremos juntos. Un camino que a momentos podemos sentir que se corta. A veces es necesario pararse, y antes de separarse definitivamente, darse el tiempo que cada uno necesita para hacer su proceso, sin perder el compromiso que tanto ha costado consolidar. Si tanto el hombre como la mujer asumen su responsabilidad sobre los asuntos, quizás se abran vías de encuentro donde parecía imposible. SI no es posible el encuentro, cerraremos filas hasta que aparezca alguien con quien iniciar una nueva relación. Cada vez más, en momentos de crisis de pareja, rompemos para seguir buscando una nueva relación que nos convierte en ‘monógamos sucesivos’.

 


Versión en PDF : 5.SONSH_La_relacion_de_pareja.pdf

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